Este es el momento del año en que una, tras haber pedaleado durante el invierno, con lluvia o con frío, ve cómo aparecen las bicicletas primaverales.
No, no es una queja, es más bien una especie de contento instantáneo, porque las calles se llenan de pedales, de rayos que giran. En invierno hubo unas cuantas con ciclistas valientes y chorreados, pero ahora brotaron como flores de durazno, atochándose en silencio, otras veces haciendo un río de ruedas.
Y son de tantos tipos: en la esquina de Santa Isabel con Vicuña Mackenna, un estilizado amante de fixies se equilibraba frente a los autos, como si hiciera una cabriola desafiante, para no poner pie en el suelo. Detrás mío, un chico en una bicicleta de montaña musculosa, que parecía exudar rudeza, a punto de desafiar la gravedad. Más atrás, una chica de casco de colores, en una bicicleta civilizada, curvosa, suave, de un color parecido al café con leche.
Y mi bici, una montañesa azul, de los años 90, sencilla, de llantas verdes.
Todos compartíamos la calle y no había palabra más adecuada que "felicidad" para expresar ese momento.

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