miércoles, 9 de julio de 2014

La ciclista "pedante" y el automovilista frustrado



Ayer, por tres cuadras, me convertí en ese personaje detestable: el o la ciclista "pedante".

Es ese ciclista que va pedaleando tranquilamente, contento ahí afuera de la carrocería del pobre automovilista, atrapado en el taco. Ese ciclista que, eventualmente, llega a un cruce de calles, y debe esperar a que pasen los peatones, como debe ser...

...hasta que detrás suyo siente un bocinazo descomunal. Uno de los automovilistas de turno le ha destemplado hasta las tapaduras con su claxon: quiere pasar, obviar a la masa de peatones, dejar a un lado al ciclista. ¿por qué está en su camino? No lo entiende.

Miré hacia atrás para ver quién me pedía pasar, y vislumbré un taxi, patente naranja. Velozmente, sin peatones por delante, me dispuse a seguir por la calle, y detrás vino el taxista, haciendo rugir su motor, como si pudiera volar acelerando en 100 metros de calle. Pasó por mi lado mirando con furia, mientras yo me reía.

¿Por qué me reía?
Porque la calle también me pertenece, y el automovilista no iba a llegar muy lejos.

Al virar en la siguiente calle, el taxista se encontró con un taco: calle Marcoleta, antes de llegar a Carmen, decenas de camiones, motos, autos, camionetas, todos compactados como edificios. El taxista furibundo quedó al principio de la cuadra, detenido, y yo pasé por su lado derecho, luego pudo verme por el frente de su capó: lo miré con una sonrisa, sin tocarlo, sin más.

No quería burlarme, pero...¿qué había sacado él con su pique de Fórmula 1, con su bocina?

Así mismo, pude llegar a Carmen antes que nadie, con el cuidado respectivo. Peatones a salvo, yo a salvo, lejos de imprudencias.

Una vez más, la bicicleta fluía, como agua entre las piedras.
Y el taxista furibundo sólo alcanzaba a suspirar detrás de su volante.


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