viernes, 6 de diciembre de 2013

El castigo

Desde hace días que vengo pensando en que el verdadero castigo de quedarse sin pega no es eso precisamente.
Todo el mundo reclama por su trabajo: que la pega es jodida, fome, sin proyecciones; que los jefes son unos pelotudos, que la paga es mala y que uno siempre preferiría estar en otro lado, haciendo otra cosa, lo que sea. Cosas manuales, domésticas y pasar más tiempo con las personas que uno quiere.
Por eso cuando me dijeron que ya no seguía, claro, es una sorpresa.
Lo primero que pensé que lo que más me dolería sería la fuente fija de ingresos que supone el trabajo asalariado. Luego pensé que sería el dejar el grupo de trabajo y sí, eso se extraña, así que gracias por los convites a continuar con la tradición de los "desayunos de equipos".
Lo que a un mes de dejar de trabajar más me está doliendo es que me obligaron a bajar de la cleta. De la rutina diaria de la cleta antes de las nueve de la mañana cuando corre un viento helado y de cuando caen los patos asados, digo.
Ese es el verdadero castigo.

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